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El artista…¿nace o se hace?

Los críos son seres fascinantes. Por la red circulan innumerables vídeos de niños muy pequeños tocando instrumentos, cantando o bailando. Nos hace mucha gracia verles haciendo cosas “de adultos” y seguramente ese sea el motivo de que algunos tengan millones de reproducciones. Si, es algo enternecedor y muy entretenido, pero también dan pie a reflexiones acerca del conocimiento, los procesos de aprendizaje y los factores que nos influyen en esos procesos.

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Vídeos como estos me hacen dudar, y mucho, si la carga genética determina nuestras habilidades o el entorno pesa más. Obviamente, esta pregunta puede trasladarse a cualquier ámbito del desarrollo humano, desde las capacidades cognitivas hasta las características corporales, pasando por las preferencias alimentarias,  los rasgos de personalidad o la lateralidad predominante. Está bastante claro que el ADN de nuestros antepasados juega un papel fundamental en todos estos aspectos y muchos otros que ignoramos; los avances científicos de las últimas décadas, sobretodo en lo referente a la decodificación del genoma humano, están sacando a la luz innumerables aspectos que dependen directamente de ello. Pero no es menos cierto que nuestro entorno también nos modela, incluso en lo físico. Y mucho más allá de lo que somos conscientes.

niño boquillaEl niño de vídeo canta blues acompañado por su padre a la guitarra. La letra que canta es ininteligible, aunque teniendo en cuenta que el hombrecillo no llega a los dos años es un “detalle” al que no deberíamos prestar atención. A pesar de esta “carencia” se las apaña para frasear de manera natural, jugando con los silencios e incluso haciendo inflexiones con cada cambio de acorde y afinando saltos melódicos con mucha más solvencia de la que muchos adultos seriamos capaces. La puesta en escena también tiene lo suyo: siente el ritmo y se mueve con él, enfatiza la “letra” con movimientos de cabeza e incluso se permite la licencia de agarrarse al micro. Aunque no le conozco personalmente, me consta por conocidos comunes que el padre de la criatura es un bluesman consagrado. Siendo así, el pequeño Luca ha “mamado” blues probablemente desde el mismo instante de su concepción. Su entorno es esencialmente blues,  y por ello la manera de interpretar el mundo que le rodea también lo es. El blues forma parte del lenguaje materno de este niño. No lo ha aprendido como aprende un niño más desarrollado o un adulto, a base de memorizar la lógica de las escalas de blues y con esfuerzo intelectual consciente; simplemente ha observado y copiado su entorno (sobretodo sonoro, pero también visual y cultural) con la mayor naturalidad. Gracias a ese entorno propicio ha desarrollado el oído, la afinación y un sentido del fraseo asombrosos. Algo similar al bailaor del segundo vídeo que comparto con vosotros, sólo que al cambiar el entorno también cambia el lenguaje que forma su mundo y a través del cual se expresa.

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La influencia no se queda en nuestro círculo más próximo. No soy muy amigo de las divulgaciones para el gran público, ya que en general tienden a vaciar de contenido y sacar de contexto estudios muy serios sobre las materias que tratan. Siempre hay excepciones, y reconozco que este documental sobre la influencia social me impresionó mucho.  En él, James Fawler presenta su teoría sobre la influencia de las redes sociales. Fawler lleva la teoría sobre los seis grados de separación más allá, estudiando el poder de influencia de unas personas sobre otras. Según los estudios de este experto en redes sociales, nuestra influencia llega hasta el tercer nivel de separación. Dicho de otra manera: influimos a los amigos de nuestros amigos y a su vez ellos nos influyen a nosotros. Decisiones personales y aparentemente inofensivas para los demás, como dejar de fumar o romper con nuestra pareja, pueden hacer que personas a las que ni siquiera conocemos tomen la misma decisión. Según este estudio nuestra red de influencia está compuesta por unas 8000 personas a las que influimos y nos influyen sin darnos cuenta de este intercambio continuo. Podriamos ponernos paranoicos, pero no va conmigo. Al contrario, da la impresión de que este continuo “reflujo de influencias” nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos, y deja patente que esos pequeños gestos y actitudes que hacemos contra el sistema (como hacer un uso responsable de las energias, consumir prudentemente o evitar fomentar ciertas actitudes) son importantes y efectivos. No obstante, se nos presenta la duda de pensar si estos niños hubiera sido capaz de desarrollar estas habilidades en entornos menos favorables, o simplemente diferentes. ¿Sería Luca capaz de frasear música, afinar y seguir el ritmo con esta facilidad si no lo hubiera vivido desde su nacimiento? ¿Habría desarrollado el niño bailaor semejante alarde de psicomotricidad en una familia en la que el baile no sea un aspecto culturalmente tan fundamental? ¿Cualquier otro niño en estos ambientes podría desarrollar las mismas habilidades que nuestros dos ejemplos?

¿Qué pensáis vosotros? Espero vuestras opiniones.

Idioma Universal

Hemos oido muchas veces aquello de que la música és el lenguaje universal. Puede ocurrir que de tanto escuchar esta afirmación la acabamos aceptando sin más, sin pensar un momento por qué se dice que la música es el lenguaje universal.

Todos los veranos acostumbro a pasar mis “vacaciones” tocando en orquestas jóvenes. Desde hace varios años lo hago en orquestas internacionales: primero fue la Lucerne Festival Academy y desde hace dos años la Maribor International Orchestra.

En estas orquestas he tocado con gente de una gran cantidad de paises de todos los continentes -a excepción de la olvidada y maltratada África-, cada uno con su cultura, sus costumbres y su idioma, claro.

Generalmente el idioma que se utiliza para comunicarse en estas orquestas es el inglés por ser la lengua más extendida y estudiada, de manera que con más o menos soltura y pericia y con la ayuda de la mímica nadie se queda sin hacerse entender, aunque a veces sea un verdadero juego de mímica.

Otra cosa muy distinta ocurre sobre el escenario: Cuando la orquesta toca junta no hay diferencias de idioma, culturales ni de costumbres; cada uno da lo mejor de sí mismo y el resultado es fruto del esfuerzo conjunto. Pero la cosa no acaba aquí, porque la música transmitirá emociones a todos los espectadores, sin tener en cuenta otra forma de expresión que la música misma.

Alguien podria decirme que no toda la música provoca la misma reacción en todas las personas. Cierto. Dejando de lado la percepción individual, no sentirá lo mismo un occidental – o un no-occidental occidentalizado – que un masai al escuchar una sinfonía de Bruckner o una música ritual de tambores. Pero en el fondo ambas músicas son lo mismo: sonidos que transmiten una emoción.

Placa de la sonda espacial Pioneer XI (clic en la imagen para +info)

Después de mucho tiempo dandole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que todo esto ocurre por dos razones:

En primer lugar porque la música puede ser explicada como un fenómeno científico: matemáticas y física en acción. Y desde  los primeros tiempos de nuestra especie nos han fascinado este tipo de fenómenos.

En segundo porque todas las culturas desde tiempo immemorial han utilizado la música como vehículo para provocar y/o transmitir estados de ánimo. Por este motivo ninguna música nos resulta extraña y podemos sentirla. Sin necesidad de idiomas.

TRAS LA PECERA

Ayer estuve de sesión en el estudio. Hemos grabado una nueva versión de la sintonía de un programa de televisión, en total 20 segundos de música. Solamente para las tomas de tuba ya hizo falta una hora, podeis imaginar lo laborioso que resulta el proceso entero.

Por lo que a mi respecta intento siempre dar lo mejor de mi mismo, y en las sesiones de grabación el hecho de poder volver a grabar la toma las veces que sea necesario (siempre que el presupuesto y la resistencia lo permitan) ayuda a alcanzar un alto grado de rigor, tanto a nivel técnico como interpretativo, y siempre hay ánimo para una toma más para intentar susperarse.

Además, el poder reproducir el resultado inmediatamente permite por un lado identificar y corregir errores técnicos y por otro tomar cierta perspectiva para perfeccionar aspectos interpretativos hasta dar con un resultado que nos satisfaga tanto al productor como a mí sin necesidad de retoques y edición, que siempre deslucen la naturalidad y restan frescura.

Para ello es necesario que la comunicación entre ambos sea fluida, no por cantidad sino por calidad, es decir, llegar a consensuar las ideas musicales para poder buscar un objetivo común en cuanto a fraseo, articulación, intención, groove, etc….

Esto no siempre resulta fácil porque la música, como algo intangible y perceptivo que es, resulta muy difícil de explicar. Por este motivo en ocasiones resulta complicado identificar la idea o ideas que nuestro interlocutor nos quiere transmitir, incluso a veces resulta complejo discernir si nos habla de aspectos técnicos o interpretativos y esto aún se agudiza más si no proviene de nuestra misma tradición musical, porque el mundillo clásico, el del jazz o el del pop utilizan argots diferentes para referirse a las mismas cosas e incuso utilizan expresiones idénticas para cuestiones dispares.

En definitiva, como en todas las situaciones de la vida en las que la comunicación resulta imprescindible, saber interpretar y traducir a nuestro idioma personal las ideas del otro es la clave para una buena comunicación. El resto dependerá de nuestra habilidad para llevarlas a cabo…