Por qué no escribo más a menudo

Hace 15 días que no escribo en el blog. No es porque lo tenga abandonado; de hecho, el escritorio de WordPress es de lo primero que aparece cada día cuando enciendo el ordenador.

Me propuse firmemente escribir al menos un post a la semana, pero hace algún tiempo que me ocurre lo mismo: Me pongo frente al documento en blanco, con un tema concreto sobre el que escribir extraído de la lista -donde escribo lo que me viene a la mente en un arrebato y que va siempre conmigo-, y comienzo a escribir.

Pero al poco desisto: el tema es poco interesante, o poco profundo; habrá quien, habiéndose especializado en ello, escribirá con mayor rigor y conocimiento de causa que yo, con el consiguiente beneficio para el lector; el tema merece un tratamiento mucho más exhaustivo que el que puedo darle con un post de 1000 palabras que, por contra, será demasiado largo como para mantener el interés del lector a lo largo de toda la trama, habida cuenta que servidor no es muy ducho en letras.

Maquina de escribir
Fotografía de jb_brooke con licencia CC

A priori son excusas, lo sé. Pero quizá por cierto talante nihilista o simplemente por la desazón que me produce estar escuchando a Chopin, siento una sensación de vacuidad en cuanto a los por qué, para qué y para quién de escribir en este espacio. Y, cada vez más, sospecho que existe mucho de inercia en el acto de escribir post.

No engaño a nadie: este blog es una herramienta de promoción personal para impulsar eso que en los círculos del marketing 2.0 (“la emprenduría a nivel usuario del s.XXI”, o el “socialmierder” del gran Mediotic) ha venido en llamarse marca personal, que no es ni más ni menos que la imagen pública que uno proyecta (se adorne con todos los “si, pero además…” que se quiera).

Cifras abultadas y un bonito lazo. ¿Se trata de eso?

Hace unos días hablaba con una amiga blogger de enormes proporciones -con medias de cinco cifras en las visitas diarias a su blog– sobre el por qué, para qué y para quién escribir un blog.

Fotografía de Egan Snow con licencia CC
Fotografía de Egan Snow con licencia CC

En su caso, lo que empezó siendo una ventana/terraza más o menos particular se había convertido en el piso de Sabina, donde entra todo el mundo esperando que les cante una canción.

Sin darse cuenta se estaba marchitando de éxito, y había llegado al punto de plantearse qué y cómo escribir para estar a la altura de las expectativas de sus lectores.

No es mi caso, ni muchisimo menos, ya que ni esas son mis cifras -jamás lo serán, basicamente por target- ni la temática de este blog es siquiera comparable. Pero sí existe un síntoma común: una insospechada dependencia de los números que condiciona y distorsiona la motivación por la que se escribe.

Sobre este fenómeno en el mundo de la música ya se ha escrito. Una vez más. Las visitas, los seguidores y los “me gusta” generan dependencia por un motivo muy simple: dan satisfacción a nuestro ego de una manera muy inmediata y eso -evidentemente- nos hace sentirnos muy bien y muy importantes. Pero cada vez más estoy convencido de que es algo muy relativo y con un impacto que tiene bastante de espejismo o que es, en todo caso, cortoplacista y que para ser efectivo debe ir respaldado de mucha coherencia en el mundo “real”.

Fotografía del autor con licencia CC
Fotografía de EduRuano con licencia CC

De la misma manera que no escribo aquí tampoco lo hago en twitter por motivos similares: si nuestro sino en twitter es compartir información relevante, probablemente nuestros seguidores interesados ya hayan llegado a ella por sus propios medios; si twitter es un trampolín para lanzar nuestros contenidos al mundo podemos llegar a convertirnos en spam incluso para nuestros lectores más “fieles” (motivo por el cual hace poco he reconfigurado a menos el bot que tuitea mis post para evitar caer en ese error). Idem-Eadem-Idem para la/s otra/s red/es social/es.

Este blog nació de cierta inquietud, tanto por introducirme en estos lares virtuales y aprender de ello, como de fomentar la ya mencionada marca personal en un momento en que servidor era anónimo en el mundo tubístico -si es que un apellido como “profesor del conservatorio de X” es algo más que una denominación geo-profesional y sirve de algo per-se (yo no lo creo). Pero sobre todo, los artículos aquí publicados han sido desde el inicio un ejercicio de curiosidad intelectual individual puesta a disposición común. Así quedó manifiesto desde el primer día, allá por Tumblr. Cuando este propósito se desvirtúa en favor de objetivos estadísticos, posicionamientos estratégicos o palabras clave, el acto de escribir posts pierde su razón de ser, su espontaneidad y su genuinidad. Se deja de escribir para uno mismo y se escribe para no se sabe muy bien quién.

“Hay otros mundos, pero están en este” (P. Éluard)

Cada vez creo menos en marcas, productos y mercados. Creo en la genuinidad que supone hacer aquello con lo que uno se siente realizado, y creo que la vida (y digo la vida, la situación económico-política es otra historia) nos pone las facilidades para hacer de ello nuestro modo de -valga la redundancia- vida.

El comentario viene al caso porque en los últimos meses estoy immerso en un proceso bastante bestia de diversificación de mis actividades artístico-músico-docentes. Me he zambullido de pleno en un ecosistema fascinante, estimulante y hasta hace poco desconocido, conociendo artistas y maneras de hacer Arte que me apetece mucho experimentar, sin más.

En este proceso, el blog es un “algo más” que requiere -según mi criterio actual- un tiempo y un esfuerzo que, sinceramente, ahora mismo no estoy dispuesto a concederle prioritariamente. Seguiré escribiendo y publicando, por supuesto, pero no como una autoimposición sino por el mero placer de hacerlo, disfrutando del proceso de creación, de la misma manera que hago en otro blog -este sí- absolutamente personal y cerrado.

Qué queréis que os diga, ahora mismo antepongo el conocimiento a través de experiencias sensoriales que desde la especulación intelectual: El mundo virtual está muy bien, y es muy interesante, pero sigo prefiriendo conocer personas de carne y hueso, conversaciones con café o cerveza de por medio a farragosos chats y espectáculos de proximidad a la televisión (qué bien se vive sin televisión…).

Tuba On Fire
Foto de Farrukh con licencia CC

 

 

Saber mirar la foto musical

Hace dos meses que me apunté a un curso de fotografía. Hasta entonces no tenía la más mínima idea sobre el tema. Palabras como exposición, apertura, línea de fuga, encuadre o luz dura eran desconocidas para mí.

Southwold 1
Fotografía de Tim Caynes
con licencia CC

Cuando “miraba” una foto no me fijaba en esas cosas. A decir verdad, no me fijaba más que en lo que “veía”, simplemente sabía si me gustaba o no, sin más. Discriminaba las buenas o malas fotos en función de lo que podríamos llamar intuición o simplemente gusto.

Ahora, que empiezo a conocer los mecanismos técnicos y las normas de la composición fotográfica, veo las fotos de un modo distinto.  Y eso ocurre porque las miro de un modo distinto, fijándome en aspectos a los que no daba ninguna importancia y que hasta ahora me habían pasado completamente desapercibidos, basicamente porque los desconocía.

Comprender cómo está hecha la foto puede darme alguna pista sobre lo que quería provocar el fotógrafo en quien la vea: tensión, calma, alegría, tristeza… Son algunas de las sensaciones que puede transmitir una fotografía, y residen en la composición de la misma.

De hecho, me sucede algo similar cuando escucho una pieza musical con el “oído de músico”….

¿Ver o Mirar? ¿Oír o Escuchar?

No es lo mismo y lo sabemos, aunque muchas veces no nos demos cuenta de estar haciendo una o la otra.

Ver y oír son actos involuntarios y pasivos: Los sentidos están permanentemente conectados, recibiendo información del mundo que nos rodea y transmitiendo las señales importantes -sobretodo de alerta- al cerebro.

Mirar y escuchar son acciones activas y racionales: Mirar y escuchar implican concetrar nuestra atención en algo concreto: un ruido, algo que se mueve, un silencio, un paisaje, el claxon de un coche, el interior de la nevera en busca de un yogur solitario, una sinfonía….

Cuando miramos y/o escuchamos estamos analizando e interpretando cada señal racionalmente. Cuando miramos/escuchamos una obra de arte dejamos que nos transmita sensaciones, que se sienten en la boca del estómago, en la piel o en ese no-sabemos-dónde se nos despiertan ciertos estados anímicos.

Una mirada o un oído entrenados -o dicho de otro modo, que conocen los aspectos técnicos del arte en cuestión- analizará el cómo de la obra. Una mirada o un oído profanos analizarán el qué.

La mirada profana es como el oído profano: por mucho que mire y escuche percibirá superficialmente la obra, sin entrar en aspectos formales. Aunque, paradójicamente, así se conmueve lo más primario, profundo y visceral del ser humano que se convierte en las sensaciones. Pero eso no es “malo” en absoluto, al contrario. Un exceso de análisis puede abstraernos tanto que olvidemos el propóstito del arte…

Listen to the music
Foto de pieter musterd con licencia CC

El artista…¿nace o se hace?

Los críos son seres fascinantes. Por la red circulan innumerables vídeos de niños muy pequeños tocando instrumentos, cantando o bailando. Nos hace mucha gracia verles haciendo cosas “de adultos” y seguramente ese sea el motivo de que algunos tengan millones de reproducciones. Si, es algo enternecedor y muy entretenido, pero también dan pie a reflexiones acerca del conocimiento, los procesos de aprendizaje y los factores que nos influyen en esos procesos.

Imagen de previsualización de YouTube

Vídeos como estos me hacen dudar, y mucho, si la carga genética determina nuestras habilidades o el entorno pesa más. Obviamente, esta pregunta puede trasladarse a cualquier ámbito del desarrollo humano, desde las capacidades cognitivas hasta las características corporales, pasando por las preferencias alimentarias,  los rasgos de personalidad o la lateralidad predominante. Está bastante claro que el ADN de nuestros antepasados juega un papel fundamental en todos estos aspectos y muchos otros que ignoramos; los avances científicos de las últimas décadas, sobretodo en lo referente a la decodificación del genoma humano, están sacando a la luz innumerables aspectos que dependen directamente de ello. Pero no es menos cierto que nuestro entorno también nos modela, incluso en lo físico. Y mucho más allá de lo que somos conscientes.

niño boquillaEl niño de vídeo canta blues acompañado por su padre a la guitarra. La letra que canta es ininteligible, aunque teniendo en cuenta que el hombrecillo no llega a los dos años es un “detalle” al que no deberíamos prestar atención. A pesar de esta “carencia” se las apaña para frasear de manera natural, jugando con los silencios e incluso haciendo inflexiones con cada cambio de acorde y afinando saltos melódicos con mucha más solvencia de la que muchos adultos seriamos capaces. La puesta en escena también tiene lo suyo: siente el ritmo y se mueve con él, enfatiza la “letra” con movimientos de cabeza e incluso se permite la licencia de agarrarse al micro. Aunque no le conozco personalmente, me consta por conocidos comunes que el padre de la criatura es un bluesman consagrado. Siendo así, el pequeño Luca ha “mamado” blues probablemente desde el mismo instante de su concepción. Su entorno es esencialmente blues,  y por ello la manera de interpretar el mundo que le rodea también lo es. El blues forma parte del lenguaje materno de este niño. No lo ha aprendido como aprende un niño más desarrollado o un adulto, a base de memorizar la lógica de las escalas de blues y con esfuerzo intelectual consciente; simplemente ha observado y copiado su entorno (sobretodo sonoro, pero también visual y cultural) con la mayor naturalidad. Gracias a ese entorno propicio ha desarrollado el oído, la afinación y un sentido del fraseo asombrosos. Algo similar al bailaor del segundo vídeo que comparto con vosotros, sólo que al cambiar el entorno también cambia el lenguaje que forma su mundo y a través del cual se expresa.

Imagen de previsualización de YouTube

La influencia no se queda en nuestro círculo más próximo. No soy muy amigo de las divulgaciones para el gran público, ya que en general tienden a vaciar de contenido y sacar de contexto estudios muy serios sobre las materias que tratan. Siempre hay excepciones, y reconozco que este documental sobre la influencia social me impresionó mucho.  En él, James Fawler presenta su teoría sobre la influencia de las redes sociales. Fawler lleva la teoría sobre los seis grados de separación más allá, estudiando el poder de influencia de unas personas sobre otras. Según los estudios de este experto en redes sociales, nuestra influencia llega hasta el tercer nivel de separación. Dicho de otra manera: influimos a los amigos de nuestros amigos y a su vez ellos nos influyen a nosotros. Decisiones personales y aparentemente inofensivas para los demás, como dejar de fumar o romper con nuestra pareja, pueden hacer que personas a las que ni siquiera conocemos tomen la misma decisión. Según este estudio nuestra red de influencia está compuesta por unas 8000 personas a las que influimos y nos influyen sin darnos cuenta de este intercambio continuo. Podriamos ponernos paranoicos, pero no va conmigo. Al contrario, da la impresión de que este continuo “reflujo de influencias” nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos, y deja patente que esos pequeños gestos y actitudes que hacemos contra el sistema (como hacer un uso responsable de las energias, consumir prudentemente o evitar fomentar ciertas actitudes) son importantes y efectivos. No obstante, se nos presenta la duda de pensar si estos niños hubiera sido capaz de desarrollar estas habilidades en entornos menos favorables, o simplemente diferentes. ¿Sería Luca capaz de frasear música, afinar y seguir el ritmo con esta facilidad si no lo hubiera vivido desde su nacimiento? ¿Habría desarrollado el niño bailaor semejante alarde de psicomotricidad en una familia en la que el baile no sea un aspecto culturalmente tan fundamental? ¿Cualquier otro niño en estos ambientes podría desarrollar las mismas habilidades que nuestros dos ejemplos?

¿Qué pensáis vosotros? Espero vuestras opiniones.

Sé optimista

Vuelvo a las andadas blogueras. Después de algo más de un mes desde que me robaron la tuba y tener que centrar gran parte de mi energía en gestionar cómo volver a la normalidad en la medida de lo posible, me he propuesto volver a escribir e intentar recuperar un ritmo regular de publicación. También me he propuesto que éste tema no monopolice los contenidos del blog, aunque una situación de crisis siempre deja una huella profunda y, lo que es más importante si se es capaz de ver, lecciones importantes para la vida, y por eso sospecho que me va a dar para muchas reflexiones como la de hoy.

¿Medio lleno o medio vacío?
¿Medio lleno o medio vacío?

Fue una putada, sí, y no se lo deseo ni al peor de los músicos, pero lamentarse por ello no cambiará nada. Una situación desagradable, incómoda y que encima seguramente me va a costar un buen dinero que pensaba dedicar a otras cosas. Pero nada más; toca mirar al frente, seguir adelante y sacar lo positivo de la situación, aunque parezca imposible.

Una de las primeras cosas que me dijo un buen amigo fue “algo bueno sacarás de todo esto”, y tal como terminó la frase le miré con cara de incrédulo y con cierto sarcasmo. Pero la sentencia había calado, me cargó de optimismo e inconscientemente empecé a repasar la lista de posibles cosas buenas que estaba provocando la situación. De momento la lista no ha dejado de crecer, lo cual ayuda a convencerme de que todo lo que nos ocurre tiene sus consecuencias positivas.

Vale, no siempre apetece ser optimista. En ocasiones el cuerpo te pide meterte debajo de la manta, aislarte del mundo y quedarte a solas con tus malos rollos, sintiéndolos bien presentes presionando tu pecho; y reconozco que hacerlo también es necesario, porque ayuda a ser consciente de que no todo es coser y cantar. La vida es dura, sí, pero cuando ya lo sepamos (¿seguro que lo sabes? siempre hay alguien que está peor que tú) debemos enfrentarla con la mejor actitud. Es simple: sólo hay que cambiar el chip, hacer un pequeño esfuerzo y crear el hábito de ver el lado positivo de lo que nos pasa. Por una vez, y sin que sirva de precedente, haré una recomendación bibliográfica al respecto y os aconsejo encarecidamente Smile 🙂 de Rubén Turienzo.

Imagen de previsualización de YouTube

Todavía no os he dicho cuales son las cosas buenas que he sacado de todo esto: He conocido personas maravillosas y me ha dado la oportunidad de comprobar que la gente es buena y te ayuda desinteresadamente, por pura empatía; he tenido ocasión de plantearme seriamente cambiar de tipo de tuba, con todo lo que ello comporta, para acabar reafirmándome en mis “creencias tubísticas”; también ha sido la excusa para poner en claro mis prioridades en varios aspectos profesionales, que si bien es algo que hay que revisar con regularidad la rutina hace que se vaya posponiendo sine die; me ha dado la oportunidad de volver la vista atrás y comprobar que diez años dan para haber hecho muchísimas cosas que hace once no podía ni haber imaginado, y con ello llegar a la conclusión de aquel gran hombre de que la vida es eso que nos pasa mientras nos empeñamos en hacer planes.

Para terminar este post os dejo un vídeo cargado de optimismo de los mayores genios del humor, los Monty Phyton, en la que es su película más irreverente: La vida de Brian (recomendación absoluta para mentes librepensantes). En la escena final de la crucifixión, cuando todo parece absolutamente perdido, qué mejor que cantar “Busca siempre el lado bueno de la vida”….

 

Foto de BaileyRaeWeaver con licencia Creative Commons

Desprestigio musical

Con cierta regularidad vuelven a los muros de las redes sociales noticias relacionadas con la música, como aquella del niño curado de asma tocando la tuba o la incorporación de la música a la constitución suiza. En los últimos dias, y sin razón aparente, ha vuelto un artículo publicado en El País el 14 de Octubre de 2012 titulado España manda la música a otra parte.

Tal como reza el artículo, las escuelas municipales (o públicas de cualquier índole) se están llevando el grueso de los recortes en subvenciones, y no es menos cierto que la iniciativa privada también está sufriendo lo suyo. Ya hablé hace algunos meses de los beneficios que aporta a los más pequeños estudiar música, y puesto que no es el tema de este post no voy a extenderme en ello, pero valga esta mención para señalar la importancia de la educación musical.

Teaching
Imagen de nathanrussell con licencia Creative Commons

Ahora bien, alguien debería entonar el mea culpa de la devaluación social que sufre el músico en este país. Un músico que invierte horas, sacrifica vida social y realiza estudios paralelos a la educación reglada durante varios lustros y llega al final de su periodo formativo -incluida la casi obligada estancia en el extranjero- con la sensación de que todos sus esfuerzos no han servido de nada, porque sus perspectivas profesionales en España son escasas tirando a nulas y en muchos casos en unas condiciones denigrantes. Las opciones pasan forzosamente por la docencia o la interpretación.

Un buen ejemplo en el ámbito docente son las condiciones en muchas escuelas de música de ámbito privado: contratos por obra y servicio o en los que no se cobra el mes completo sinó  las clases impartidas, incluso dejando de pagar al profesor las ausencias de los alumnos; sueldos ínfimos contra matrículas desorbitadas; pagos poco ortodoxos con la fiscalidad; “permisos” laborales que deben ser recuperados… Por no hablar de los meses de verano: un contrato con doce pagas íntegras se antoja quimérico para el profesor de música del ámbito privado (y desde hace algunos meses también para el público interino en algunas comunidades autónomas). Estas circunstancias están a la  orden del día y todos los que nos dedicamos a la música conocemos una escuela así. Éstas condiciones de trabajo sin duda ayudan al desprestigio social del profesor de música y con ello a su desmoralización, condiciones ambas nada favorables para el correcto ejercicio de la docencia. Todo ello conduce a escuelas con cambios constantes de un profesorado que teniendo en cuenta la coyuntura profesional musical (la crisis para este sector no empezó en 2008….) y con la mejor voluntad y ánimo de supervivencia acepta unas condiciones que a la larga perjudican a la profesión en pleno.

El gestor de la entidad en cuestión argumentará que ésta es la única manera de obtener rentabilidad de su legítimo negocio, sin caer en la cuenta de que la mejor rentabilidad posible es tener profesores motivados que transmitan pasión a sus alumnos y éstos, a su vez, incentiven al profesor a seguir creciendo y por tanto atrayendo más alumnos e incrementando su nivel de exigencia y excelencia, creando así una bola de nieve de “rentabilidad pedagógica”. Afortunadamente, algunos gestores saben esto y cuidan a su profesorado como lo más valioso que tienen, obteniendo excelentes resultados.

Otra clase de desprestigio se da a nivel interpretativo.

¿Cuántas veces tendrá que oír el músico aquellas cantinelas de “No puedo pagarte (más), pero te servirá de promoción”? ¿A alguien se le ocurriría decirle al fontanero “No puedo pagarte (más), pero te servirá de promoción”? No, claro que no.

Continuará…

 

 

Alumnos 10

“Profesores que califican a sus alumnos de instrumento (elemental) con nota numérica de 10. ¿¿Ya no tienen nada que aprender y mejorar??”

Este pensamiento, lanzando al aire en plena época de calificaciones, dio pie al post que os traigo hoy. Para ser blogger tienen que gustarte las redes sociales, uso twitter y facebook para lanzar mis ideas con mucha frecuencia. Muchas pasan totalmente desapercibidas (afortunadamente, debería añadir), otras en cambio generan interesantes, intensos y apasionados debates que, en ocasiones merecen un trato más extenso.

10 10Es lo que sucedió con la frase que abre este post. Para poner en situación al personal: Finales del primer trimestre. Servidor entra a la página de calificaciones de la intranet del centro, y sin  ninguna intencionalidad observo que otro profesor ha calificado con nota numérica de 10 a varios de sus alumnos de un cursos intermedios de grado elemental. Reflexión instantánea y a las redes sociales.

Algunas opiniones defienden que, al tratarse de un sistema educativo basado en objetivos, si éstos son alcanzados satisfactoriamente deben traducirse en un incremento de la nota numérica, de manera que a mayor cantidad de objetivos alcanzados mayor será la calificación global hasta llegar al 10. En ese sentido, los objetivos (todos ellos) deberían ser objetivamente cuantificables; y ya sabemos que en la música pocas cosas son objetivas y cuantificables….

Tal como se deduce, mi postura particular es defender la imposibilidad de alcanzar la perfección que implica una nota máxima como es el 10/10. No en un ámbito como la educación musical elemental. No al menos de entrada. No en el primer trimestre del curso, cuando apenas empieza, y la maquinaria de las rutinas de clase y de estudio diario comienzan a  funcionar con solvencia.

Podría esgrimirse que ser trata de una calificación  de motivación para que el alumnado emprenda el trimestre de la mejor manera posible…

En definitiva, se trata de diferentes criterios respecto al proceso de aprendizaje de los alumnos y su plasmación en un boletín de calificaciones que, por su propia naturaleza, convierte a la homogeneidad jerárquica de una escala contable (ya sea en nota númerica o con un sistema de letras, al estilo “boloñés”) aquello que no puede ser medido objetivamente.

La creación de estructuras mentales que sustentan procesos de progreso cognitivo, el descubrimiento y desarrollo de las habilidades innatas y las que no lo son, la aprehensión de herramientas que permitan a esa persona expandirse en ámbitos complementarios pero fundamentales para su futuro como individuo social…. Se trata de cuestiones tan personales y únicas que el propio docente puede tardar años en detectar y asimilar en cada uno de sus alumnos.

Si el propio sistema es imperfecto, ¿Cómo alcanzar la perfección?

Es el momento de dejar tu opinión al respecto.

Tu si que vales

En el conocido concurso de televisión Tu si que vales se valoran las habilidades de los participantes en cinco minutos. Algunos profesores, tras años junto a un alumno son incapaces de apreciar su potencial.

Se acercan las fiestas navideñas y con ellas el boletín de notas en la mayoria de centros educativos. Algunos alumnos se encontraran con la desagradable ¿sorpresa? de tener una calificación por debajo del aprobado a pesar de pensar honestamente (muy probablemente con razón) que merecen más nota. Especialmente para ellos va dedicado este artículo.

Hace unos dias estuve cenando con una amiga y colega con quien hacía bastante tiempo que no coincidia, en gran medida debido a su, llamemosle, “inestabilidad geográfica”. Tal y como suele suceder en un encuentro entre colegas acabamos hablando de música y del panorama musical. Inevitablemente acabamos hablando de profesores de escuelas, orquestas y demás personajes del mundo de la música. En un momento de la conversación ella comentó: “Fulanito fue uno de los profesores que me decían que yo no servía para tocar”.

A raiz de ese comentario acabamos hablando de las dificultades, dudas y malos ratos que pasó en su etapa de estudiante por sentirse como una fracasada que no iba a llegar a ninguna parte (si es que hay alguna parte a la que llegar); todo ello provocado en gran medida por el diagnóstico de unos profesores que se equivocaban. ¡¡Y vaya como se equivocaban!!

La chica que hubiera hecho mejor haciendo una carrera cualquiera que tocando aprobó en el Conservatorio Nacional de París. Cuando terminó sus estudios allí fue admitida como alumna predilecta de uno de los mejores intrumentistas y profesores de su especialidad y actualmente es una intérprete de reputado nombre, demandada como solista por algunas de las mejores orquestas de Europa; por poner un ejemplo, toca con asiduidad en la Scala de Milán.

No hace falta buscar mucho para encontrar ejemplos como ella, más o menos todos conocemos alguna historia parecida. Asi que, si el boletin de notas dice “Tú no vales” hay que preguntarse honestamente a uno mismo si tiene razón y pensar que, al final, seremos lo que nosotros decidamos ser.